Un miércoles cualquiera
Celeste estaba casada, infelizmente, pero casada al fin; tenían un hijo fruto de un intento desesperado por encontrar la felicidad. Y tuvo su resultado, su hijo Julián era lo mejor que le había sucedido en la vida, era lo único que cada mañana la alentaba a luchar por su matrimonio. Su esposo la amaba, estaba totalmente segura de eso pero ella había perdido el interés. Después de tantos años, cuando los besos se vuelven rutina y no encontramos nada nuevo en el otro, es muy difícil reavivar el amor, pero tampoco podía dejarlo. Y cuando se decidía a hacerlo, veía una sonrisa en su hijo producto de algún juego de su padre y se arrepentía, no se perdonaría jamás no poder ver cada día esa sonrisa por egoísmo suyo.Ella tuvo que empezar a trabajar pues su situación económica con la llegada de ese bebé no les dejaba lugar para lujos. Consiguió trabajo en una casona antigua, un poco abandonada y alejada de la ciudad que pertenecía a la familia Jacobson. Familia bastante particular compuesta por un viejo con mirada de búho y serios problemas cardíacos que luego de haber estado internado durante un mes en el mejor hospital de la ciudad y de haber intentado escaparse unas veinte veces terminó en la casa de su hijo menor con custodio de por medio, por supuesto. César, su hijo, era un joven de unos 26 años que vivía solo en esa enorme casa; los avatares de la vida le habían enseñado a no tomar cariño por nadie, ni nada. Sólo una vez había sentido el amor, había llorado más de cien lágrimas y había experimentado caricias, que ya no podía sentir, y no se perdonaría volver a enamorarse. Sólo le quedaba esa foto que todas las noches contemplaba antes de dormir, donde estaba ella con él que le traían a su mente los mejores recuerdos de su vida. Estaba ella, su amada, que el destino, por capricho, se la arrebató una tarde de invierno.Celeste concurría lunes, miércoles y viernes como la señora que limpiaba, no era un gran trabajo pero si estaba bien pago. Durante unos meses todo marchó normalmente hasta que un miércoles la sorprendió y terminó enredada en sábanas ajenas con un hombre que también le era ajeno. No pudo, o no quiso, recordar cómo fue que sucedió semejante hecho. César no era de su tipo, un hombre frío que a regañadientes había aceptado cuidar de su padre, César no era su marido y eso lo decía todo. Prometió olvidar ese episodio y dejarlo en el pasado como otro de sus errores. Pero el miércoles siguiente, César y su deseo la volvieron a sorprender. Ella se lo permitió, después de todo, las cosas con su marido estaban muertas.Y así fue como todos los miércoles, cuando comenzaba a oscurecer, se encontraban el jefe y su empleada, al final de ese largo pasillo en la última puerta de las tantas que tenía esa casona.Llegó un viernes en que Celeste se permitió otra locura, y lo invitó a la ciudad. Su marido estaría de viaje y encontraría con quien dejar a su hijo Julián, que ya corría por los ocho años.- Cuidado Celeste, no te vayas a enamorar.- Fue todo lo que atinó a decir César.Y se encontraron ese mismo sábado, en la esquina de Callao y Cañada y como dos enamorados recorrieron la ciudad. Ella lo llevó a conocer un museo de arte y a la plaza principal. Él aceptó todo y se lo devolvió con una grata sonrisa pero nunca le tendió su mano y cuando ella intentó besarlo, él la detuvo; estaba muy seguro y sabía que el amor era un lujo que no debían darse. Celeste sintió su rechazo y le dolió en lo más profundo de su alma, sintió ganas de llorar, rabia, se odiaba a si misma, se había dando cuenta en ese mismo instante que se había enamorado de César, y eso, estaba prohibido.- Gracias, pero no.- Fue lo último que dijo César en ese día y terminaron el paseo en silencio, como desconocidos.Durante todo ese fin de semana Celeste no dejó de pensar en su hijo, en su esposo, en la locura que hacía años venía cometiendo, no dejó de pensar en César. Sentía culpa por lo que había hecho, las reglas eran simples y ella no había sabido cumplirlas. Sentía bronca, nadie jamás le había herido su orgullo de esa forma. Sentía que era una extraña en su cuerpo y que no sabía quién tenía la culpa de todo, si ella por dejar que las cosas se le fueran de su alcance, si su esposo por no rescatarla, si César por haberle seguido el juego.Esperó, con las valijas hechas, que su esposo volviera de viaje, le dijo que tenía que irse, que no podían seguirse mintiendo y que cuidara de Julián. Se fue y se hospedó en un hotel cercano.El lunes por la mañana llegó a su trabajo y con una extrema felicidad abrazó a César. Éste no comprendía, no era miércoles y no estaba oscureciendo, algo andaba mal. Celeste esperó hasta el miércoles y mientras se enfriaban las sábanas le dijo toda la verdad. Se había ido de su casa planeando un futuro mejor a su lado. Le pedía que se fugaran, juntos. César riendo contestó:- Imposible, inimaginable en mi vida. En mi vida estoy yo sin nadie más a mi lado. No sé si tengo la fuerza suficiente para soportar otro abandono. Perdón.Celeste no supo qué decir, no sabía a que se refería César, sólo sabía que no debía enamorarse y lo hizo, sabía que ella no tenía cabida en los planes de César y sin embargo había planeado un futuro junto a él, sabía que con esa locura estaba rompiendo su corazón y el de la única persona que la había amado, sabía que se había olvidado de Julián, sabía que su egoísmo le había ganado y que no se lo perdonaría jamás.Se vistió, en silencio y lentamente, como si fuera otra Celeste la que la dominaba, acomodó su pelo, arregló la cama y mientras César se vestía, agarró la estatuilla de mármol que se encontraba junto a una foto donde estaba César y una joven que ella desconocía, y lo mató. Un golpe seco en la nuca y César cayó muerto. No pudo soportar ese desprecio y lo mató, sin pensar en las consecuencias.
Carina Grenat
miércoles, 28 de octubre de 2009
miércoles, 21 de octubre de 2009
GOLPE DE ESTADO
Golpe de estado
En tiempos y lugares hostiles, un muchacho insensible de aspecto alineado y contextura robusta, permanentemente era testigo de situaciones injustas, horrendas, trágicas; ante las que se mantuvo inmutable, impenetrable, estático.
Al vivir en sociedad, de vez en cuando la gente veía su inacción y se le acercaba e indignada le recriminaba porqué no hacía nada. Él mientras tanto no le surgía ayudar, ni ver lo justo por sobre lo adverso.
A la mañana siguiente del último reproche de un lugareño a su actitud, se dirigió a su trabajo diario de secretario personal de un abogado inescrupuloso y corrupto; su recorrido habitual irremediablemente transcurría por la senda de la casa de un señor de edad avanzada, al que con una mirada de búho no se le escurría cosa alguna acaparaba lo ocurrido en todo su radio de visión, dicha ojeada ya no le asustaba como de niño, pero ese día, la vio muy distinta, como atemorizada. Siguió su paso inquieto, con la mirada a cuestas del anciano.
A dos casas de allí, el joven dio media vuelta en el aire cayendo de espaldas en la vereda recién encerada por una señora de limpieza quien fue la que inmediatamente lo socorrió, pero parecía tarde, el golpe en su nuca lo dejó inconsciente, sin mas acudió a emergencias médicas.
En el hospital y ante un panorama de estado reservado, de coma, del cual milagrosamente emergió, pero no sin secuela. En una fase amnésica retornó a su casa, con indicaciones médicas sin medicamentos, pero con la novedosa terapia de que recorriera su localidad un día entero sin mantener diálogo con ninguna persona.
Teniendo muchos huecos en su mente decidió ir por su poblado, cerca de su vivienda se hallaba un museo al que resolvió entrar, en ese lugar histórico se sorprendió al ver una muestra fotográfica sobre injusticias sociales a lo largo de la historia; esos excesos hicieron que el juvenil sin pasado presente se pusiera en lugar de ellos, sintiera lo que sintieron.
Sin conocer su ayer, pero viendo lo duro que fue para otros, no quiso continuar ahí y se marchó.
Siguiendo su tránsito por el pueblo y con la sola certeza de recordar solo su nombre, no por su memoria dormida sino por insistencia de repetición de médicos y allegados, decidió meterse en una casona muy antigua, a punto de desmoronarse, sin saber porque entró, y en ella camino varios metros ingresó a una de las muchas habitaciones desperdigadas por el largo pasillo, se topó con un cuadro que reavivó sus memorias, allí en ese aparente cuarto cuatro por cuatro, revivió como fue su niñez, ante el castigo a su hermano menor por parte de su padre, donde él se interpuso defendiéndolo de una situación de la que sabía de la inocencia de su hermanito, y que el escarmiento era injusto. Ante esto el papá arremetió castigando con dureza al más grande de ellos, frente a la burla insólita e infantil del hermanito.
Al acordarse de su infancia, rememoró no solo su vida de niño en su casa, sino su posterior vuelta, ya en su juventud.
En su retorno se encontró con un horrible cuadro, su caserón abandonado. Al verlo así, acudió al único coterráneo que todo lo sabía, el de mirada profunda, que le contó la lamentable noticia la separación de sus padres y la ida del hijo más pequeño, y para peor el sabio le confirmó para su desgracia que tanto sus padres como su hermanito fueron buscados por años sin ningún dato que revele dónde y como están.
Recordar su ayer y su hoy, y ver la sinrazón de lo ocurrido en su familia y en la humanidad hizo que por primera vez este adolescente escaso de sensibilidad, mostrara sus lágrimas y perjuró, no abandonar las causas justas y enfrentar la injusticia.
SEUDÓNIMO: B.B.
En tiempos y lugares hostiles, un muchacho insensible de aspecto alineado y contextura robusta, permanentemente era testigo de situaciones injustas, horrendas, trágicas; ante las que se mantuvo inmutable, impenetrable, estático.
Al vivir en sociedad, de vez en cuando la gente veía su inacción y se le acercaba e indignada le recriminaba porqué no hacía nada. Él mientras tanto no le surgía ayudar, ni ver lo justo por sobre lo adverso.
A la mañana siguiente del último reproche de un lugareño a su actitud, se dirigió a su trabajo diario de secretario personal de un abogado inescrupuloso y corrupto; su recorrido habitual irremediablemente transcurría por la senda de la casa de un señor de edad avanzada, al que con una mirada de búho no se le escurría cosa alguna acaparaba lo ocurrido en todo su radio de visión, dicha ojeada ya no le asustaba como de niño, pero ese día, la vio muy distinta, como atemorizada. Siguió su paso inquieto, con la mirada a cuestas del anciano.
A dos casas de allí, el joven dio media vuelta en el aire cayendo de espaldas en la vereda recién encerada por una señora de limpieza quien fue la que inmediatamente lo socorrió, pero parecía tarde, el golpe en su nuca lo dejó inconsciente, sin mas acudió a emergencias médicas.
En el hospital y ante un panorama de estado reservado, de coma, del cual milagrosamente emergió, pero no sin secuela. En una fase amnésica retornó a su casa, con indicaciones médicas sin medicamentos, pero con la novedosa terapia de que recorriera su localidad un día entero sin mantener diálogo con ninguna persona.
Teniendo muchos huecos en su mente decidió ir por su poblado, cerca de su vivienda se hallaba un museo al que resolvió entrar, en ese lugar histórico se sorprendió al ver una muestra fotográfica sobre injusticias sociales a lo largo de la historia; esos excesos hicieron que el juvenil sin pasado presente se pusiera en lugar de ellos, sintiera lo que sintieron.
Sin conocer su ayer, pero viendo lo duro que fue para otros, no quiso continuar ahí y se marchó.
Siguiendo su tránsito por el pueblo y con la sola certeza de recordar solo su nombre, no por su memoria dormida sino por insistencia de repetición de médicos y allegados, decidió meterse en una casona muy antigua, a punto de desmoronarse, sin saber porque entró, y en ella camino varios metros ingresó a una de las muchas habitaciones desperdigadas por el largo pasillo, se topó con un cuadro que reavivó sus memorias, allí en ese aparente cuarto cuatro por cuatro, revivió como fue su niñez, ante el castigo a su hermano menor por parte de su padre, donde él se interpuso defendiéndolo de una situación de la que sabía de la inocencia de su hermanito, y que el escarmiento era injusto. Ante esto el papá arremetió castigando con dureza al más grande de ellos, frente a la burla insólita e infantil del hermanito.
Al acordarse de su infancia, rememoró no solo su vida de niño en su casa, sino su posterior vuelta, ya en su juventud.
En su retorno se encontró con un horrible cuadro, su caserón abandonado. Al verlo así, acudió al único coterráneo que todo lo sabía, el de mirada profunda, que le contó la lamentable noticia la separación de sus padres y la ida del hijo más pequeño, y para peor el sabio le confirmó para su desgracia que tanto sus padres como su hermanito fueron buscados por años sin ningún dato que revele dónde y como están.
Recordar su ayer y su hoy, y ver la sinrazón de lo ocurrido en su familia y en la humanidad hizo que por primera vez este adolescente escaso de sensibilidad, mostrara sus lágrimas y perjuró, no abandonar las causas justas y enfrentar la injusticia.
SEUDÓNIMO: B.B.
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