LA PELICULA "LA CIFRA IMPAR" LA BAJE EN LA BIBLIOTECA CENTRAL DE LA UNVM, A DISPOSICION DE USTEDES
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ESPERO QUE POR INVERTIR CASI 2 HS. AL VERLA NO HAYA ATRASADO LA FINALIZACION DEL CUENTO FANTASTICO
miércoles, 25 de noviembre de 2009
martes, 24 de noviembre de 2009
viernes, 13 de noviembre de 2009
Carta de Julio Cortázar a Roberto Fernández Retamar sobre la muerte del Che
Carta de Julio Cortázar a Roberto Fernández Retamar sobre la muerte del Che
La muerte del “Che”
París, 29 de octubre de 1967
Roberto, Adelaida, mis muy queridos:
Anoche volví a París desde Argel. Solo ahora, en mi casa, soy capaz de escribirles
coherentemente; allá, metido en un mundo donde sólo contaba el trabajo, dejé irse los días
como en una pesadilla, comprando periódico tras periódico, sin querer convencerme,
mirando esas fotos que todos hemos mirado, leyendo los mismos cables y entrando hora a
hora en la más dura de las aceptaciones. Entonces me llegó telefónicamente tu mensaje,
Roberto, y entregué ese texto que debiste recibir y que vuelvo a enviarte aquí por si hay
tiempo de que lo veas otra vez antes de que se imprima, pues sé lo que son los
mecanismos del télex y lo que pasa con las palabras y las frases. Quiero decirte esto: no sé
escribir cuando algo me duele tanto, no soy, no seré nunca el escritor profesional listo a
producir lo que se espera de él, lo que le piden o lo que él mismo se pide
desesperadamente. La verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece la más
banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi, la sustitución de lo
insustituible. El Che ha muerto y a mí no me queda más que silencio, hasta quién sabe
cuándo; si te envié este texto fue porque eras tú quien me lo pedía, y porque sé cuánto
querías al Che y lo que él significaba para ti. Aquí en París encontré un cable de Lisandro
Otero pidiéndome ciento cincuenta palabras para Cuba. Así, ciento cincuenta palabras,
como sin uno pudiera sacarse las palabras del bolsillo como monedas. No creo que pueda
escribirlas, estoy vacío y seco, y caería en la retórica. Y eso no, sobre todo eso no.
Lisandro me perdonará mi silencio, o lo entenderá mal, no me importa; en todo caso tu
sabrás lo que siento. Mira, allá en Argel, rodeado de imbéciles burócratas, en una oficina
donde se seguía con la rutina de siempre, me encerré una y otra vez en el baño para llorar;
había que estar en un baño, comprendes, para estar solo, para poder desahogarse sin violar
las sacrosantas reglas del buen vivir en una organización internacional. Y todo esto que te
cuento también me averguenza porque hablo de mí, la eterna primera persona del singular,
y en cambio me siento incapaz de decir nada de él. Me callo entonces. Recibiste, espero, el
cable que te envié antes de tu mensaje. Era mi única manera de abrazarte, a ti y a Adelaida,
a todos los amigos de la Casa. Y para ti también es esto, lo único que fui capaz de hacer
en esas primeras horas, esto que nació como un poema y que quiero que tengas y que
guardes para que estemos más juntos.
La muerte del “Che”
París, 29 de octubre de 1967
Roberto, Adelaida, mis muy queridos:
Anoche volví a París desde Argel. Solo ahora, en mi casa, soy capaz de escribirles
coherentemente; allá, metido en un mundo donde sólo contaba el trabajo, dejé irse los días
como en una pesadilla, comprando periódico tras periódico, sin querer convencerme,
mirando esas fotos que todos hemos mirado, leyendo los mismos cables y entrando hora a
hora en la más dura de las aceptaciones. Entonces me llegó telefónicamente tu mensaje,
Roberto, y entregué ese texto que debiste recibir y que vuelvo a enviarte aquí por si hay
tiempo de que lo veas otra vez antes de que se imprima, pues sé lo que son los
mecanismos del télex y lo que pasa con las palabras y las frases. Quiero decirte esto: no sé
escribir cuando algo me duele tanto, no soy, no seré nunca el escritor profesional listo a
producir lo que se espera de él, lo que le piden o lo que él mismo se pide
desesperadamente. La verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece la más
banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi, la sustitución de lo
insustituible. El Che ha muerto y a mí no me queda más que silencio, hasta quién sabe
cuándo; si te envié este texto fue porque eras tú quien me lo pedía, y porque sé cuánto
querías al Che y lo que él significaba para ti. Aquí en París encontré un cable de Lisandro
Otero pidiéndome ciento cincuenta palabras para Cuba. Así, ciento cincuenta palabras,
como sin uno pudiera sacarse las palabras del bolsillo como monedas. No creo que pueda
escribirlas, estoy vacío y seco, y caería en la retórica. Y eso no, sobre todo eso no.
Lisandro me perdonará mi silencio, o lo entenderá mal, no me importa; en todo caso tu
sabrás lo que siento. Mira, allá en Argel, rodeado de imbéciles burócratas, en una oficina
donde se seguía con la rutina de siempre, me encerré una y otra vez en el baño para llorar;
había que estar en un baño, comprendes, para estar solo, para poder desahogarse sin violar
las sacrosantas reglas del buen vivir en una organización internacional. Y todo esto que te
cuento también me averguenza porque hablo de mí, la eterna primera persona del singular,
y en cambio me siento incapaz de decir nada de él. Me callo entonces. Recibiste, espero, el
cable que te envié antes de tu mensaje. Era mi única manera de abrazarte, a ti y a Adelaida,
a todos los amigos de la Casa. Y para ti también es esto, lo único que fui capaz de hacer
en esas primeras horas, esto que nació como un poema y que quiero que tengas y que
guardes para que estemos más juntos.
Che
Yo tuve un hermano.
No nos virnos nunca
pero no importaba.
Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.
Lo quise a mi modo,
le tomé su voz
libre como el agua,
caminé de a ratos
cerca de su sombra.
No nos vimos nunca
pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.
Ya nos escribiremos. Abraza mucho a Adelaida. Hasta siempre,
Julio
Yo tuve un hermano.
No nos virnos nunca
pero no importaba.
Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.
Lo quise a mi modo,
le tomé su voz
libre como el agua,
caminé de a ratos
cerca de su sombra.
No nos vimos nunca
pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.
Ya nos escribiremos. Abraza mucho a Adelaida. Hasta siempre,
Julio
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Yo tuve un hermano
miércoles, 28 de octubre de 2009
Un miércoles cualquiera
Un miércoles cualquiera
Celeste estaba casada, infelizmente, pero casada al fin; tenían un hijo fruto de un intento desesperado por encontrar la felicidad. Y tuvo su resultado, su hijo Julián era lo mejor que le había sucedido en la vida, era lo único que cada mañana la alentaba a luchar por su matrimonio. Su esposo la amaba, estaba totalmente segura de eso pero ella había perdido el interés. Después de tantos años, cuando los besos se vuelven rutina y no encontramos nada nuevo en el otro, es muy difícil reavivar el amor, pero tampoco podía dejarlo. Y cuando se decidía a hacerlo, veía una sonrisa en su hijo producto de algún juego de su padre y se arrepentía, no se perdonaría jamás no poder ver cada día esa sonrisa por egoísmo suyo.Ella tuvo que empezar a trabajar pues su situación económica con la llegada de ese bebé no les dejaba lugar para lujos. Consiguió trabajo en una casona antigua, un poco abandonada y alejada de la ciudad que pertenecía a la familia Jacobson. Familia bastante particular compuesta por un viejo con mirada de búho y serios problemas cardíacos que luego de haber estado internado durante un mes en el mejor hospital de la ciudad y de haber intentado escaparse unas veinte veces terminó en la casa de su hijo menor con custodio de por medio, por supuesto. César, su hijo, era un joven de unos 26 años que vivía solo en esa enorme casa; los avatares de la vida le habían enseñado a no tomar cariño por nadie, ni nada. Sólo una vez había sentido el amor, había llorado más de cien lágrimas y había experimentado caricias, que ya no podía sentir, y no se perdonaría volver a enamorarse. Sólo le quedaba esa foto que todas las noches contemplaba antes de dormir, donde estaba ella con él que le traían a su mente los mejores recuerdos de su vida. Estaba ella, su amada, que el destino, por capricho, se la arrebató una tarde de invierno.Celeste concurría lunes, miércoles y viernes como la señora que limpiaba, no era un gran trabajo pero si estaba bien pago. Durante unos meses todo marchó normalmente hasta que un miércoles la sorprendió y terminó enredada en sábanas ajenas con un hombre que también le era ajeno. No pudo, o no quiso, recordar cómo fue que sucedió semejante hecho. César no era de su tipo, un hombre frío que a regañadientes había aceptado cuidar de su padre, César no era su marido y eso lo decía todo. Prometió olvidar ese episodio y dejarlo en el pasado como otro de sus errores. Pero el miércoles siguiente, César y su deseo la volvieron a sorprender. Ella se lo permitió, después de todo, las cosas con su marido estaban muertas.Y así fue como todos los miércoles, cuando comenzaba a oscurecer, se encontraban el jefe y su empleada, al final de ese largo pasillo en la última puerta de las tantas que tenía esa casona.Llegó un viernes en que Celeste se permitió otra locura, y lo invitó a la ciudad. Su marido estaría de viaje y encontraría con quien dejar a su hijo Julián, que ya corría por los ocho años.- Cuidado Celeste, no te vayas a enamorar.- Fue todo lo que atinó a decir César.Y se encontraron ese mismo sábado, en la esquina de Callao y Cañada y como dos enamorados recorrieron la ciudad. Ella lo llevó a conocer un museo de arte y a la plaza principal. Él aceptó todo y se lo devolvió con una grata sonrisa pero nunca le tendió su mano y cuando ella intentó besarlo, él la detuvo; estaba muy seguro y sabía que el amor era un lujo que no debían darse. Celeste sintió su rechazo y le dolió en lo más profundo de su alma, sintió ganas de llorar, rabia, se odiaba a si misma, se había dando cuenta en ese mismo instante que se había enamorado de César, y eso, estaba prohibido.- Gracias, pero no.- Fue lo último que dijo César en ese día y terminaron el paseo en silencio, como desconocidos.Durante todo ese fin de semana Celeste no dejó de pensar en su hijo, en su esposo, en la locura que hacía años venía cometiendo, no dejó de pensar en César. Sentía culpa por lo que había hecho, las reglas eran simples y ella no había sabido cumplirlas. Sentía bronca, nadie jamás le había herido su orgullo de esa forma. Sentía que era una extraña en su cuerpo y que no sabía quién tenía la culpa de todo, si ella por dejar que las cosas se le fueran de su alcance, si su esposo por no rescatarla, si César por haberle seguido el juego.Esperó, con las valijas hechas, que su esposo volviera de viaje, le dijo que tenía que irse, que no podían seguirse mintiendo y que cuidara de Julián. Se fue y se hospedó en un hotel cercano.El lunes por la mañana llegó a su trabajo y con una extrema felicidad abrazó a César. Éste no comprendía, no era miércoles y no estaba oscureciendo, algo andaba mal. Celeste esperó hasta el miércoles y mientras se enfriaban las sábanas le dijo toda la verdad. Se había ido de su casa planeando un futuro mejor a su lado. Le pedía que se fugaran, juntos. César riendo contestó:- Imposible, inimaginable en mi vida. En mi vida estoy yo sin nadie más a mi lado. No sé si tengo la fuerza suficiente para soportar otro abandono. Perdón.Celeste no supo qué decir, no sabía a que se refería César, sólo sabía que no debía enamorarse y lo hizo, sabía que ella no tenía cabida en los planes de César y sin embargo había planeado un futuro junto a él, sabía que con esa locura estaba rompiendo su corazón y el de la única persona que la había amado, sabía que se había olvidado de Julián, sabía que su egoísmo le había ganado y que no se lo perdonaría jamás.Se vistió, en silencio y lentamente, como si fuera otra Celeste la que la dominaba, acomodó su pelo, arregló la cama y mientras César se vestía, agarró la estatuilla de mármol que se encontraba junto a una foto donde estaba César y una joven que ella desconocía, y lo mató. Un golpe seco en la nuca y César cayó muerto. No pudo soportar ese desprecio y lo mató, sin pensar en las consecuencias.
Carina Grenat
Celeste estaba casada, infelizmente, pero casada al fin; tenían un hijo fruto de un intento desesperado por encontrar la felicidad. Y tuvo su resultado, su hijo Julián era lo mejor que le había sucedido en la vida, era lo único que cada mañana la alentaba a luchar por su matrimonio. Su esposo la amaba, estaba totalmente segura de eso pero ella había perdido el interés. Después de tantos años, cuando los besos se vuelven rutina y no encontramos nada nuevo en el otro, es muy difícil reavivar el amor, pero tampoco podía dejarlo. Y cuando se decidía a hacerlo, veía una sonrisa en su hijo producto de algún juego de su padre y se arrepentía, no se perdonaría jamás no poder ver cada día esa sonrisa por egoísmo suyo.Ella tuvo que empezar a trabajar pues su situación económica con la llegada de ese bebé no les dejaba lugar para lujos. Consiguió trabajo en una casona antigua, un poco abandonada y alejada de la ciudad que pertenecía a la familia Jacobson. Familia bastante particular compuesta por un viejo con mirada de búho y serios problemas cardíacos que luego de haber estado internado durante un mes en el mejor hospital de la ciudad y de haber intentado escaparse unas veinte veces terminó en la casa de su hijo menor con custodio de por medio, por supuesto. César, su hijo, era un joven de unos 26 años que vivía solo en esa enorme casa; los avatares de la vida le habían enseñado a no tomar cariño por nadie, ni nada. Sólo una vez había sentido el amor, había llorado más de cien lágrimas y había experimentado caricias, que ya no podía sentir, y no se perdonaría volver a enamorarse. Sólo le quedaba esa foto que todas las noches contemplaba antes de dormir, donde estaba ella con él que le traían a su mente los mejores recuerdos de su vida. Estaba ella, su amada, que el destino, por capricho, se la arrebató una tarde de invierno.Celeste concurría lunes, miércoles y viernes como la señora que limpiaba, no era un gran trabajo pero si estaba bien pago. Durante unos meses todo marchó normalmente hasta que un miércoles la sorprendió y terminó enredada en sábanas ajenas con un hombre que también le era ajeno. No pudo, o no quiso, recordar cómo fue que sucedió semejante hecho. César no era de su tipo, un hombre frío que a regañadientes había aceptado cuidar de su padre, César no era su marido y eso lo decía todo. Prometió olvidar ese episodio y dejarlo en el pasado como otro de sus errores. Pero el miércoles siguiente, César y su deseo la volvieron a sorprender. Ella se lo permitió, después de todo, las cosas con su marido estaban muertas.Y así fue como todos los miércoles, cuando comenzaba a oscurecer, se encontraban el jefe y su empleada, al final de ese largo pasillo en la última puerta de las tantas que tenía esa casona.Llegó un viernes en que Celeste se permitió otra locura, y lo invitó a la ciudad. Su marido estaría de viaje y encontraría con quien dejar a su hijo Julián, que ya corría por los ocho años.- Cuidado Celeste, no te vayas a enamorar.- Fue todo lo que atinó a decir César.Y se encontraron ese mismo sábado, en la esquina de Callao y Cañada y como dos enamorados recorrieron la ciudad. Ella lo llevó a conocer un museo de arte y a la plaza principal. Él aceptó todo y se lo devolvió con una grata sonrisa pero nunca le tendió su mano y cuando ella intentó besarlo, él la detuvo; estaba muy seguro y sabía que el amor era un lujo que no debían darse. Celeste sintió su rechazo y le dolió en lo más profundo de su alma, sintió ganas de llorar, rabia, se odiaba a si misma, se había dando cuenta en ese mismo instante que se había enamorado de César, y eso, estaba prohibido.- Gracias, pero no.- Fue lo último que dijo César en ese día y terminaron el paseo en silencio, como desconocidos.Durante todo ese fin de semana Celeste no dejó de pensar en su hijo, en su esposo, en la locura que hacía años venía cometiendo, no dejó de pensar en César. Sentía culpa por lo que había hecho, las reglas eran simples y ella no había sabido cumplirlas. Sentía bronca, nadie jamás le había herido su orgullo de esa forma. Sentía que era una extraña en su cuerpo y que no sabía quién tenía la culpa de todo, si ella por dejar que las cosas se le fueran de su alcance, si su esposo por no rescatarla, si César por haberle seguido el juego.Esperó, con las valijas hechas, que su esposo volviera de viaje, le dijo que tenía que irse, que no podían seguirse mintiendo y que cuidara de Julián. Se fue y se hospedó en un hotel cercano.El lunes por la mañana llegó a su trabajo y con una extrema felicidad abrazó a César. Éste no comprendía, no era miércoles y no estaba oscureciendo, algo andaba mal. Celeste esperó hasta el miércoles y mientras se enfriaban las sábanas le dijo toda la verdad. Se había ido de su casa planeando un futuro mejor a su lado. Le pedía que se fugaran, juntos. César riendo contestó:- Imposible, inimaginable en mi vida. En mi vida estoy yo sin nadie más a mi lado. No sé si tengo la fuerza suficiente para soportar otro abandono. Perdón.Celeste no supo qué decir, no sabía a que se refería César, sólo sabía que no debía enamorarse y lo hizo, sabía que ella no tenía cabida en los planes de César y sin embargo había planeado un futuro junto a él, sabía que con esa locura estaba rompiendo su corazón y el de la única persona que la había amado, sabía que se había olvidado de Julián, sabía que su egoísmo le había ganado y que no se lo perdonaría jamás.Se vistió, en silencio y lentamente, como si fuera otra Celeste la que la dominaba, acomodó su pelo, arregló la cama y mientras César se vestía, agarró la estatuilla de mármol que se encontraba junto a una foto donde estaba César y una joven que ella desconocía, y lo mató. Un golpe seco en la nuca y César cayó muerto. No pudo soportar ese desprecio y lo mató, sin pensar en las consecuencias.
Carina Grenat
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miércoles, 21 de octubre de 2009
GOLPE DE ESTADO
Golpe de estado
En tiempos y lugares hostiles, un muchacho insensible de aspecto alineado y contextura robusta, permanentemente era testigo de situaciones injustas, horrendas, trágicas; ante las que se mantuvo inmutable, impenetrable, estático.
Al vivir en sociedad, de vez en cuando la gente veía su inacción y se le acercaba e indignada le recriminaba porqué no hacía nada. Él mientras tanto no le surgía ayudar, ni ver lo justo por sobre lo adverso.
A la mañana siguiente del último reproche de un lugareño a su actitud, se dirigió a su trabajo diario de secretario personal de un abogado inescrupuloso y corrupto; su recorrido habitual irremediablemente transcurría por la senda de la casa de un señor de edad avanzada, al que con una mirada de búho no se le escurría cosa alguna acaparaba lo ocurrido en todo su radio de visión, dicha ojeada ya no le asustaba como de niño, pero ese día, la vio muy distinta, como atemorizada. Siguió su paso inquieto, con la mirada a cuestas del anciano.
A dos casas de allí, el joven dio media vuelta en el aire cayendo de espaldas en la vereda recién encerada por una señora de limpieza quien fue la que inmediatamente lo socorrió, pero parecía tarde, el golpe en su nuca lo dejó inconsciente, sin mas acudió a emergencias médicas.
En el hospital y ante un panorama de estado reservado, de coma, del cual milagrosamente emergió, pero no sin secuela. En una fase amnésica retornó a su casa, con indicaciones médicas sin medicamentos, pero con la novedosa terapia de que recorriera su localidad un día entero sin mantener diálogo con ninguna persona.
Teniendo muchos huecos en su mente decidió ir por su poblado, cerca de su vivienda se hallaba un museo al que resolvió entrar, en ese lugar histórico se sorprendió al ver una muestra fotográfica sobre injusticias sociales a lo largo de la historia; esos excesos hicieron que el juvenil sin pasado presente se pusiera en lugar de ellos, sintiera lo que sintieron.
Sin conocer su ayer, pero viendo lo duro que fue para otros, no quiso continuar ahí y se marchó.
Siguiendo su tránsito por el pueblo y con la sola certeza de recordar solo su nombre, no por su memoria dormida sino por insistencia de repetición de médicos y allegados, decidió meterse en una casona muy antigua, a punto de desmoronarse, sin saber porque entró, y en ella camino varios metros ingresó a una de las muchas habitaciones desperdigadas por el largo pasillo, se topó con un cuadro que reavivó sus memorias, allí en ese aparente cuarto cuatro por cuatro, revivió como fue su niñez, ante el castigo a su hermano menor por parte de su padre, donde él se interpuso defendiéndolo de una situación de la que sabía de la inocencia de su hermanito, y que el escarmiento era injusto. Ante esto el papá arremetió castigando con dureza al más grande de ellos, frente a la burla insólita e infantil del hermanito.
Al acordarse de su infancia, rememoró no solo su vida de niño en su casa, sino su posterior vuelta, ya en su juventud.
En su retorno se encontró con un horrible cuadro, su caserón abandonado. Al verlo así, acudió al único coterráneo que todo lo sabía, el de mirada profunda, que le contó la lamentable noticia la separación de sus padres y la ida del hijo más pequeño, y para peor el sabio le confirmó para su desgracia que tanto sus padres como su hermanito fueron buscados por años sin ningún dato que revele dónde y como están.
Recordar su ayer y su hoy, y ver la sinrazón de lo ocurrido en su familia y en la humanidad hizo que por primera vez este adolescente escaso de sensibilidad, mostrara sus lágrimas y perjuró, no abandonar las causas justas y enfrentar la injusticia.
SEUDÓNIMO: B.B.
En tiempos y lugares hostiles, un muchacho insensible de aspecto alineado y contextura robusta, permanentemente era testigo de situaciones injustas, horrendas, trágicas; ante las que se mantuvo inmutable, impenetrable, estático.
Al vivir en sociedad, de vez en cuando la gente veía su inacción y se le acercaba e indignada le recriminaba porqué no hacía nada. Él mientras tanto no le surgía ayudar, ni ver lo justo por sobre lo adverso.
A la mañana siguiente del último reproche de un lugareño a su actitud, se dirigió a su trabajo diario de secretario personal de un abogado inescrupuloso y corrupto; su recorrido habitual irremediablemente transcurría por la senda de la casa de un señor de edad avanzada, al que con una mirada de búho no se le escurría cosa alguna acaparaba lo ocurrido en todo su radio de visión, dicha ojeada ya no le asustaba como de niño, pero ese día, la vio muy distinta, como atemorizada. Siguió su paso inquieto, con la mirada a cuestas del anciano.
A dos casas de allí, el joven dio media vuelta en el aire cayendo de espaldas en la vereda recién encerada por una señora de limpieza quien fue la que inmediatamente lo socorrió, pero parecía tarde, el golpe en su nuca lo dejó inconsciente, sin mas acudió a emergencias médicas.
En el hospital y ante un panorama de estado reservado, de coma, del cual milagrosamente emergió, pero no sin secuela. En una fase amnésica retornó a su casa, con indicaciones médicas sin medicamentos, pero con la novedosa terapia de que recorriera su localidad un día entero sin mantener diálogo con ninguna persona.
Teniendo muchos huecos en su mente decidió ir por su poblado, cerca de su vivienda se hallaba un museo al que resolvió entrar, en ese lugar histórico se sorprendió al ver una muestra fotográfica sobre injusticias sociales a lo largo de la historia; esos excesos hicieron que el juvenil sin pasado presente se pusiera en lugar de ellos, sintiera lo que sintieron.
Sin conocer su ayer, pero viendo lo duro que fue para otros, no quiso continuar ahí y se marchó.
Siguiendo su tránsito por el pueblo y con la sola certeza de recordar solo su nombre, no por su memoria dormida sino por insistencia de repetición de médicos y allegados, decidió meterse en una casona muy antigua, a punto de desmoronarse, sin saber porque entró, y en ella camino varios metros ingresó a una de las muchas habitaciones desperdigadas por el largo pasillo, se topó con un cuadro que reavivó sus memorias, allí en ese aparente cuarto cuatro por cuatro, revivió como fue su niñez, ante el castigo a su hermano menor por parte de su padre, donde él se interpuso defendiéndolo de una situación de la que sabía de la inocencia de su hermanito, y que el escarmiento era injusto. Ante esto el papá arremetió castigando con dureza al más grande de ellos, frente a la burla insólita e infantil del hermanito.
Al acordarse de su infancia, rememoró no solo su vida de niño en su casa, sino su posterior vuelta, ya en su juventud.
En su retorno se encontró con un horrible cuadro, su caserón abandonado. Al verlo así, acudió al único coterráneo que todo lo sabía, el de mirada profunda, que le contó la lamentable noticia la separación de sus padres y la ida del hijo más pequeño, y para peor el sabio le confirmó para su desgracia que tanto sus padres como su hermanito fueron buscados por años sin ningún dato que revele dónde y como están.
Recordar su ayer y su hoy, y ver la sinrazón de lo ocurrido en su familia y en la humanidad hizo que por primera vez este adolescente escaso de sensibilidad, mostrara sus lágrimas y perjuró, no abandonar las causas justas y enfrentar la injusticia.
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viernes, 25 de septiembre de 2009
Cuento: “Una Gran Historia”
- La próxima semana iremos al museo con mis compañeros y la maestra – Le contaba a mamá camino a la despensa de Don Lorenzo. La despensa quedaba a una cuadra de mi casa, en una esquina, y era atendida por sus propios dueños: Don Lorenzo y Doña Mercedes, aunque en el último tiempo sólo se veía a Don Lorenzo. El negocio era muy grande, con paredes amarillentas, techo altísimo y un imponente mostrador de madera por donde se asomaba Don Lorenzo cada vez que sonaba la campanita de la puerta, con su espesa barba gris y su mirada de búho. Las damajuanas en el suelo a veces dificultaban el paso y las heladeras enormes sonaban como los motores de aquellas que se encontraban en los viejos bares.Y en la vitrina, con marcas de dedos, pude distinguir aquella caja de colores. En mi cara se dibujó una sonrisa y miré a mi mamá con complicidad y también con algo de convencimiento. En la despensa de Don Lorenzo los chicos no lloraban ni pataleaban cuando sus padres no compraban lo que ellos querían, ya que Don Lorenzo, con sus ojos negros y opacos, era un anciano serio y de pocas palabras, sobre todo con los chicos, pero no con los grandes.Mi mamá, al verme la ilusión en la cara, ni dudó en comprarme esas plastilinas de tonos brillosos y opacos. A Don Lorenzo le costaba pasar por entre medio de los mostradores para llegar a la vitrina, él estaba algo gordo y rengueaba con su pié derecho, pero siempre lograba alcanzar las cosas y complacer a sus clientes que continuamente se iban contentos y conformes.De regreso a casa le pregunté a mi mamá por la señora Mercedes. Ella había comenzado a trabajar, limpiando en las casas de los vecinos del barrio. Don Lorenzo estaba enfermo y con los ingresos del negocio no alcanzaba para cubrir los gastos.Al otro día nos despertamos con la noticia de que la pareja de ancianos había sido asaltada durante la noche por un joven que, según mi papá, hacía varios días andaba observando el barrio, dando vueltas de un lado a otro – un drogadicto sin sensibilidad que se estudió los pasos de los pobres viejos – así lo clasificaba él.Atrás de la despensa comenzaba la casa de Don Lorenzo. La conocí cuando mi papá fue a sacar fotografías de la vivienda, después de lo ocurrido.Mi papá trabaja para la policía, saca fotos de los hechos. Pero nunca me muestra las imágenes porque dice que a mis 8 años soy muy pequeño para recibir golpes duros. Eso nunca lo entendí hasta el día que entré a la casa de Don Lorenzo. El negocio no estaba abierto al público, pero su puerta sí. Me escabullí al ver que mi padre entraba, entonces yo también entré sin que se diera cuenta. Detrás del mostrador había una entrada que comunicaba con un pasillo largo lleno de puertas muy altas y antiguas. Una era de la cocina, otra daba al living, otra al lavadero, la próxima a una habitación de huéspedes, la siguiente al baño y finalmente, la última, a la pieza de los viejos. Cuando me asomé para verificar que los vecinos sólo exageraban, un frío comenzó a correr por mis pies subiendo por mis rodillas. Me quedé inmóvil al ver que toda la habitación estaba desordenada, con los muebles golpeados y rotos y en la cama matrimonial una gran mancha de sangre. Salí de ahí corriendo con todas mis fuerzas. En la vereda, mis amigos me llamaban, pero no podía oírlos. Tomé el picaporte de mi casa y al tratar de entrar, me choqué con mi mamá que estaba saliendo. Esperamos unos minutos en la puerta y llegó un taxi. – Al hospital – sólo se escuchó. No me habló en todo el camino. Pensé que estaba enojada por entrar sin permiso a lo de Don Lorenzo. Llegamos al hospital, pasamos de largo la mesa de entrada con mucha prisa. Comencé a ver a mis vecinos, cada vez eran más y al lado de una puerta ancha, que decía Terapia Intensiva, estaba parada Doña Mercedes, acurrucada contra el marco y llorando en silencio. Mamá me dejó sentado en una silla y ella comenzó hablar con los lindantes. Ahí me enteré que la pareja de la despensa no tenía hijos, ni familiares cercanos. Todos vivían lejos de la ciudad y eran pocos los que quedaban. Escuché que el joven delincuente se llevó dinero que la señora Mercedes había estado juntando para los medicamentos de Don Lorenzo. También que el señor Lorenzo había recibido varias heridas de cuchillos y estaba complicado. Y en mi mente esa imagen de la habitación de los atacados.A los cinco días nos informaron que Don Lorenzo había muerto. El mismo día que visitaríamos el museo.En el museo, galería de antigüedades, me encontré con máquinas muy parecidas a las que había en la despensa de Don Lorenzo: como la cortadora de fiambre, la balanza, las góndolas. Sólo que estas estaban limpias y brillosas. Cerré mis ojos para recordar nuevamente aquel negocio de barrio, y de repente comienzo a sentir ese olor tan particular a mortadela. Abro los ojos y me encuentro anhelando la caja de colores que están en la vitrina, manchada con dedos sucios, y Don Lorenzo tomándola para vendérsela a mamá. Se me acaba de ocurrir una gran historia para los muñecos de plastilina que debo hacer para plástica.
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UNA GRAN HISTORIA
martes, 22 de septiembre de 2009
CUENTO "LA ESPERA de MICAELA PEREYRA
Micaela Pereyra
LA ESPERA
Si solo se hubiera tomado un momento para recapacitar antes de proferir aquellas palabras hirientes, hoy, Máximo no estaría sufriendo una absurda espera… Inmóvil, con su mirada de búho escrutando la calle, vacilando por qué su hijo Dante aún no ha regresado.Si solo se hubiera percatado a tiempo que para Dante sus palabras tenían un profundo valor, quizás su hijo no se hubiese marchado y sus días no se hubieran convertido en un mar de culpas, remordimientos y soledad, en los cuales naufraga sin poder rescatarse.Desde el momento en que Dante se marchó esa casona antigua de muchas puertas, que alguna vez albergó la alegría y el entusiasmo de los estudiantes del museo de Ciencias Naturales, se convirtió en una desolada estructura vacía que se mantenía gracias a Coca, una mujer sola y abandonada por quién fue su gran amor, pero si no fuera por aquella ardua tarea a la que ella abocaba diariamente no podría soportar la profunda desazón que le causaba no saber nada de su amado Ricardo, con quién cada tarde se encontraba en la plaza que estaba en frente del hospital, para disfrutar de aquello que le parecía lo más sublime de su vida, algo tan simple como un paseo al atardecer de la mano de Ricardo. ¿Cómo pudiera ser posible que aquél amor verdadero se esfumara repentinamente? Ricardo siempre fue puntual a la hora de aquél encuentro, ella lo esperaba todos los días en la puerta, ansiosa de verlo llegar en su motocicleta, siempre a las 6 de la tarde y con una sonrisa. Un “¿Qué ocurrió?” permanente persistía en la cabeza de Coca, sin nunca alcanzar la respuesta.Dante, un muchacho común meditabundo se crió sin su madre, quién murió cuando él era muy pequeño quedando al cuidado de Coca y de Máximo que siempre estuvo preocupado por aquél hijo huérfano a quién amaba profundamente.A Dante le encantaba la lectura de novelas clásicas en sus soleadas tardes en la terraza de esa casona antigua de muchas puertas. Pero en una de esas tardes todo dio un vuelco repentino. ¿Por qué no pude callar? Se seguía preguntando, ¿Por qué no soporté las inquietudes de Dante?, ¿Por qué?. Y en un por qué interminable pasaban los días de Máximo, que solo volvía a la realidad que no podía soportar cuando Coca le traía sus alimentos después de recorrer con sus tareas domésticas, las cuales comenzaba de muy temprano de la primera puerta hasta la última de aquella casona antigua, hoy abandonada por esas vidas apagadas, por la sentencia ridícula de vivir sin amor.Aquella tarde, Dante salió absorto después de haber soportado los llamados de atención de su padre, tratando de entender qué le había querido decir. Y en su abstracción no pudo ver como la motocicleta se aproximaba. El chofer de la motocicleta nada pudo hacer cuando aquella vida se le cruzó de la nada y fue inevitable la colisión. Ricardo quedó paralizado y Dante inconsciente sobre el asfalto, sangrando. Ricardo estupefacto, atrapado en una conmoción no pudo pensar con claridad y preso del pánico decidió huir y nunca más se volvió a saber de él.Dante fue socorrido, aunque la ambulancia tardó pese a que el hospital estaba a una cuadra. El mismo hospital que fue testigo de los paseos por la plaza del frente de Coca y su amado Ricardo.El accidente le produjo a Dante una considerable pérdida de memoria y una disminución en su coordinación motriz. Los médicos llegaron a sentir por él un gran aprecio por la pena que le causaba aquella vida apagada que no sabía a donde ir, ni recordaba de donde venía. Por ese motivo Dante nunca abandonó el hospital que se encontraba al frente de la plaza que estaba al frente de la vieja casona de muchas puertas desde donde el viejo con mirada de búho escrutaba todos los días esperando la llegada de su amado hijo.
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lunes, 21 de septiembre de 2009
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