viernes, 25 de septiembre de 2009

Cuento: “Una Gran Historia”

- La próxima semana iremos al museo con mis compañeros y la maestra – Le contaba a mamá camino a la despensa de Don Lorenzo. La despensa quedaba a una cuadra de mi casa, en una esquina, y era atendida por sus propios dueños: Don Lorenzo y Doña Mercedes, aunque en el último tiempo sólo se veía a Don Lorenzo. El negocio era muy grande, con paredes amarillentas, techo altísimo y un imponente mostrador de madera por donde se asomaba Don Lorenzo cada vez que sonaba la campanita de la puerta, con su espesa barba gris y su mirada de búho. Las damajuanas en el suelo a veces dificultaban el paso y las heladeras enormes sonaban como los motores de aquellas que se encontraban en los viejos bares.Y en la vitrina, con marcas de dedos, pude distinguir aquella caja de colores. En mi cara se dibujó una sonrisa y miré a mi mamá con complicidad y también con algo de convencimiento. En la despensa de Don Lorenzo los chicos no lloraban ni pataleaban cuando sus padres no compraban lo que ellos querían, ya que Don Lorenzo, con sus ojos negros y opacos, era un anciano serio y de pocas palabras, sobre todo con los chicos, pero no con los grandes.Mi mamá, al verme la ilusión en la cara, ni dudó en comprarme esas plastilinas de tonos brillosos y opacos. A Don Lorenzo le costaba pasar por entre medio de los mostradores para llegar a la vitrina, él estaba algo gordo y rengueaba con su pié derecho, pero siempre lograba alcanzar las cosas y complacer a sus clientes que continuamente se iban contentos y conformes.De regreso a casa le pregunté a mi mamá por la señora Mercedes. Ella había comenzado a trabajar, limpiando en las casas de los vecinos del barrio. Don Lorenzo estaba enfermo y con los ingresos del negocio no alcanzaba para cubrir los gastos.Al otro día nos despertamos con la noticia de que la pareja de ancianos había sido asaltada durante la noche por un joven que, según mi papá, hacía varios días andaba observando el barrio, dando vueltas de un lado a otro – un drogadicto sin sensibilidad que se estudió los pasos de los pobres viejos – así lo clasificaba él.Atrás de la despensa comenzaba la casa de Don Lorenzo. La conocí cuando mi papá fue a sacar fotografías de la vivienda, después de lo ocurrido.Mi papá trabaja para la policía, saca fotos de los hechos. Pero nunca me muestra las imágenes porque dice que a mis 8 años soy muy pequeño para recibir golpes duros. Eso nunca lo entendí hasta el día que entré a la casa de Don Lorenzo. El negocio no estaba abierto al público, pero su puerta sí. Me escabullí al ver que mi padre entraba, entonces yo también entré sin que se diera cuenta. Detrás del mostrador había una entrada que comunicaba con un pasillo largo lleno de puertas muy altas y antiguas. Una era de la cocina, otra daba al living, otra al lavadero, la próxima a una habitación de huéspedes, la siguiente al baño y finalmente, la última, a la pieza de los viejos. Cuando me asomé para verificar que los vecinos sólo exageraban, un frío comenzó a correr por mis pies subiendo por mis rodillas. Me quedé inmóvil al ver que toda la habitación estaba desordenada, con los muebles golpeados y rotos y en la cama matrimonial una gran mancha de sangre. Salí de ahí corriendo con todas mis fuerzas. En la vereda, mis amigos me llamaban, pero no podía oírlos. Tomé el picaporte de mi casa y al tratar de entrar, me choqué con mi mamá que estaba saliendo. Esperamos unos minutos en la puerta y llegó un taxi. – Al hospital – sólo se escuchó. No me habló en todo el camino. Pensé que estaba enojada por entrar sin permiso a lo de Don Lorenzo. Llegamos al hospital, pasamos de largo la mesa de entrada con mucha prisa. Comencé a ver a mis vecinos, cada vez eran más y al lado de una puerta ancha, que decía Terapia Intensiva, estaba parada Doña Mercedes, acurrucada contra el marco y llorando en silencio. Mamá me dejó sentado en una silla y ella comenzó hablar con los lindantes. Ahí me enteré que la pareja de la despensa no tenía hijos, ni familiares cercanos. Todos vivían lejos de la ciudad y eran pocos los que quedaban. Escuché que el joven delincuente se llevó dinero que la señora Mercedes había estado juntando para los medicamentos de Don Lorenzo. También que el señor Lorenzo había recibido varias heridas de cuchillos y estaba complicado. Y en mi mente esa imagen de la habitación de los atacados.A los cinco días nos informaron que Don Lorenzo había muerto. El mismo día que visitaríamos el museo.En el museo, galería de antigüedades, me encontré con máquinas muy parecidas a las que había en la despensa de Don Lorenzo: como la cortadora de fiambre, la balanza, las góndolas. Sólo que estas estaban limpias y brillosas. Cerré mis ojos para recordar nuevamente aquel negocio de barrio, y de repente comienzo a sentir ese olor tan particular a mortadela. Abro los ojos y me encuentro anhelando la caja de colores que están en la vitrina, manchada con dedos sucios, y Don Lorenzo tomándola para vendérsela a mamá. Se me acaba de ocurrir una gran historia para los muñecos de plastilina que debo hacer para plástica.

martes, 22 de septiembre de 2009

CUENTO "LA ESPERA de MICAELA PEREYRA

Si solo se hubiera tomado un momento para recapacitar antes de proferir aquellas palabras hirientes, hoy, Máximo no estaría sufriendo una absurda espera… Inmóvil, con su mirada de búho escrutando la calle, vacilando por qué su hijo Dante aún no ha regresado.Si solo se hubiera percatado a tiempo que para Dante sus palabras tenían un profundo valor, quizás su hijo no se hubiese marchado y sus días no se hubieran convertido en un mar de culpas, remordimientos y soledad, en los cuales naufraga sin poder rescatarse.Desde el momento en que Dante se marchó esa casona antigua de muchas puertas, que alguna vez albergó la alegría y el entusiasmo de los estudiantes del museo de Ciencias Naturales, se convirtió en una desolada estructura vacía que se mantenía gracias a Coca, una mujer sola y abandonada por quién fue su gran amor, pero si no fuera por aquella ardua tarea a la que ella abocaba diariamente no podría soportar la profunda desazón que le causaba no saber nada de su amado Ricardo, con quién cada tarde se encontraba en la plaza que estaba en frente del hospital, para disfrutar de aquello que le parecía lo más sublime de su vida, algo tan simple como un paseo al atardecer de la mano de Ricardo. ¿Cómo pudiera ser posible que aquél amor verdadero se esfumara repentinamente? Ricardo siempre fue puntual a la hora de aquél encuentro, ella lo esperaba todos los días en la puerta, ansiosa de verlo llegar en su motocicleta, siempre a las 6 de la tarde y con una sonrisa. Un “¿Qué ocurrió?” permanente persistía en la cabeza de Coca, sin nunca alcanzar la respuesta.Dante, un muchacho común meditabundo se crió sin su madre, quién murió cuando él era muy pequeño quedando al cuidado de Coca y de Máximo que siempre estuvo preocupado por aquél hijo huérfano a quién amaba profundamente.A Dante le encantaba la lectura de novelas clásicas en sus soleadas tardes en la terraza de esa casona antigua de muchas puertas. Pero en una de esas tardes todo dio un vuelco repentino. ¿Por qué no pude callar? Se seguía preguntando, ¿Por qué no soporté las inquietudes de Dante?, ¿Por qué?. Y en un por qué interminable pasaban los días de Máximo, que solo volvía a la realidad que no podía soportar cuando Coca le traía sus alimentos después de recorrer con sus tareas domésticas, las cuales comenzaba de muy temprano de la primera puerta hasta la última de aquella casona antigua, hoy abandonada por esas vidas apagadas, por la sentencia ridícula de vivir sin amor.Aquella tarde, Dante salió absorto después de haber soportado los llamados de atención de su padre, tratando de entender qué le había querido decir. Y en su abstracción no pudo ver como la motocicleta se aproximaba. El chofer de la motocicleta nada pudo hacer cuando aquella vida se le cruzó de la nada y fue inevitable la colisión. Ricardo quedó paralizado y Dante inconsciente sobre el asfalto, sangrando. Ricardo estupefacto, atrapado en una conmoción no pudo pensar con claridad y preso del pánico decidió huir y nunca más se volvió a saber de él.Dante fue socorrido, aunque la ambulancia tardó pese a que el hospital estaba a una cuadra. El mismo hospital que fue testigo de los paseos por la plaza del frente de Coca y su amado Ricardo.El accidente le produjo a Dante una considerable pérdida de memoria y una disminución en su coordinación motriz. Los médicos llegaron a sentir por él un gran aprecio por la pena que le causaba aquella vida apagada que no sabía a donde ir, ni recordaba de donde venía. Por ese motivo Dante nunca abandonó el hospital que se encontraba al frente de la plaza que estaba al frente de la vieja casona de muchas puertas desde donde el viejo con mirada de búho escrutaba todos los días esperando la llegada de su amado hijo.

lunes, 21 de septiembre de 2009